
domingo, 14 de junio de 2026· Por Alejandro | Los Loros
Veinte guacamayas y una caja de mangos
Alberto llegó al santuario del Proyecto Ara con los cajones cargados: mangos en todos sus estados —verdes, a medio madurar, con ese primer rubor anaranjado que les da el sol de junio— y una canasta generosa de mamoncillo todavía en sus ramas. Las plataformas de alimentación no tardaron en llenarse. Unas veinte guacamayas —rojas, azules, amarillas— descendieron a las perchas de madera suspendidas sobre las colinas verdes, y el santuario se convirtió por un rato en lo que solo puede describirse como un incendio de colores quietos.
Las aves se veían bien. Comían con calma en semilibertad, como si ese paisaje de vegetación tropical y cielo despejado fuera exactamente el que les correspondía. Detrás de ellas, apenas visible, la malla del aviario y el letrero del Proyecto Ara recordaban que todo esto tiene historia y cuidado detrás. Alberto repartió la fruta, revisó que todo estuviera en orden, y así cerró la jornada.



